El colegio donde los niños “con un cerebro distinto” aprenden gracias a su sistema pionero y a la vocación de sus profesionales

El Colegio de la Fundación Querer, especializado en niños con dificultades neurológicas que afectan al lenguaje y la comunicación, consigue que los niños aprendan a leer, escribir, matemáticas, a comunicarse en español e inglés y desarrollar todo su potencial.

 En muchos colegios ordinarios, aprender es una carrera contra el tiempo. Los contenidos avanzan, el currículo no espera y las aulas están llenas. Para los niños con dificultades neurológicas y trastornos del lenguaje, ese sistema suele traducirse en frustración, desconexión y, en demasiados casos, en la sensación de que “no pueden”.

En el Colegio de la Fundación Querer, la escena es otra. Aquí, aprender no es un privilegio reservado a quien sigue el ritmo estándar, sino un proceso posible para todos. Leer, escribir, comprender matemáticas, comunicarse en español y en inglés no es una excepción: es el resultado de una metodología diseñada específicamente para niños cuyo cerebro funciona de forma diferente.

“Mi visión cambió radicalmente al llegar aquí”, explica Susana Lominchar, directora del centro. “Comprobé en primera línea que estos niños tienen potencial de aprendizaje y que no hay que ponerles límites. Aquí no comparamos, partimos de una línea de salida y acompañamos el proceso”.

El colegio nació para cubrir un vacío real del sistema educativo. Ni la educación ordinaria —sin recursos suficientes— ni muchos modelos de educación especial permitían a estos niños acceder de verdad a los contenidos académicos. Aquí, el currículo oficial se mantiene, pero se adapta desde el neurodesarrollo.

El colegio funciona como un engranaje fino. Docentes, logopedas, terapeutas ocupacionales y psicólogos trabajan juntos durante toda la jornada. No hay sesiones aisladas ni compartimentos estancos. Las aulas son pequeñas. Las ratios, reducidas. Cada alumno tiene un plan individualizado.

“Lo que marca la diferencia es que estamos todos juntos”, explica Sheila Bodero, logopeda del centro. “En otros sitios tienes sesiones aisladas. Aquí ves al niño en el aula, en el patio, en el comedor. Ves cómo lo que trabajas se generaliza. Eso es oro”. Ese trabajo conjunto permite algo que rara vez ocurre en un colegio ordinario: que el aprendizaje se sostenga en todos los contextos.

En este colegio pionero en España, lo académico no se sacrifica, sino que se transforma. Por ejemplo: La escritura se trabaja desde programas específicos como Handwriting Without Tears, respetando el desarrollo motor y cognitivo. Antes del lápiz, viene la postura del cuerpo. Antes del cuaderno, el juego sensorial.

“Escribir con plastilina, con arena, con espuma… todo vale si sirve para aprender”, explica Irene Rascón, terapeuta ocupacional. “He visto niños que pasaron de no sostener un lápiz a escribir su nombre. No es rápido, pero es real”.

Aitana Saz, también terapeuta ocupacional, insiste en la misma idea: “Aquí no trabajamos para el resultado inmediato, trabajamos para que el aprendizaje se quede. Y cuando se queda, los avances son sorprendentes”.

El centro es, además, bilingüe en español e inglés, algo poco habitual en educación especial. Y para ello, también la metodología se adapta; el idioma no se impone, se vive. Canciones, rutinas, movimiento y juego forman parte del aprendizaje. “Cuando entro en clase con música, todo cambia”, explica Benji, profesor de inglés. “Los niños recuerdan las canciones, las esperan, participan. Aprenden inglés sin darse cuenta de que están aprendiendo”.

Este enfoque ha atraído a familias de otras nacionalidades que buscan un colegio capaz de combinar educación especial, innovación y bilingüismo real para niños con dificultades neurológicas.

El día a día

Los días están llenos de pequeños momentos que explican mejor que cualquier informe cómo funciona la metodología.

Irene Rascón recuerda uno con especial emoción: “Una niña sin lenguaje verbal, en medio del ruido del comedor, señaló un yogur y dijo ‘quiero yogur’. Fue una frase mínima, pero lo paró todo”.

Carolina Pérez, maestra de audición y lenguaje, habla de otro tipo de huellas: “Tengo una alumna del curso pasado que viene cada día a buscarme para abrazarme y decirme: ‘¿Te acuerdas de mí? Tú fuiste mi profe’. Eso no se olvida”.

El vínculo es una de las herramientas más potentes del colegio, aunque no aparezca en ningún currículo oficial. Conocer a cada alumno implica saber qué le calma, qué le activa, qué le desregula. “No basta con entender la discapacidad, hay que entender a la persona”, señala Benji. Y también implica que el adulto ponga algo de sí mismo. Música, movimiento, humor, juego. “Cuando el profesor se divierte, los niños también”, añade.

La ilusión es contagiosa. “Cuando el profesional disfruta, los niños lo notan”, dice Aitana Saz, terapeuta ocupacional. “Y ahí empiezan a pasar cosas”.

Marta Olalla, tutora de EBO, sonríe al recordar escenas caóticas convertidas en aprendizaje: “A veces una niña se levanta y empieza a dibujar algo increíble en la pizarra. Nadie la corta. Ese momento también es educación”.

Nadie oculta que el trabajo es exigente. Hay cansancio, días intensos. Pero el relato común de los profesionales del centro es la vocación. Una vocación especial que se aprecia en todos los profesionales del centro. “Hace falta un plus”, coinciden muchos. Flexibilidad, escucha, capacidad de adaptación y una enorme humildad. Hay aprendizajes que no se adquieren en ningún máster, solo al lado del niño. Observando. Esperando. Ajustando.

“Es un trabajo maravilloso y duro a la vez”, explica Luis Rojas, logopeda y coordinador terapéutico. “Pero cuando ves que un niño empieza a comunicarse, todo cobra sentido”.

Sara Ortiz, psicóloga del centro, añade: “Aquí aprendes a bajar el ritmo, a entender que nadie puede aprender cuando está desbordado. Primero regulamos, luego enseñamos; ¡pero enseñamos, ese es el objetivo! Los niños aprenden lo que no pueden en otros sitios”.

Acompañar a las familias

El trabajo con las familias es constante y delicado. Hay comunicación diaria, reuniones cuando hace falta y estrategias compartidas. “Las familias son más importantes que nosotros”, afirma Aitana. “Son quienes están siempre”. Nadie espera que se conviertan en terapeutas, pero sí que acompañen desde la vida cotidiana: la comida, el juego, el parque. Cuando colegio y familia caminan en la misma dirección, los avances se multiplican. Hay familias que ya no están en el cole y vuelven en fechas señaladas, como Navidad, compran lotería, saludan, abrazan y agradecen. “Nos dicen que no han vuelto a encontrar un acompañamiento igual”, reconoce Carolina.

“Acompañar al niño, a la familia y al equipo, porque el crecimiento es mutuo”, explica Susana Lominchar. Acompañar no es observar desde fuera, sino estar dentro del proceso, incluso cuando no hay respuestas claras, incluso cuando el avance no se ve.

Ese acompañamiento atraviesa el día a día: desde la organización de las aulas hasta la relación con las familias, pasando por la manera en la que se habla del progreso. Cada alumno llega tras una evaluación exhaustiva que marca un punto de partida. Comparar esos resultados con baremos de niños neurotípicos puede ser un golpe duro para las familias, pero en el colegio lo tienen claro: no es un límite, es una línea de salida. A partir de ahí, lo importante no es la comparación, sino la evolución.

Innovar, en este contexto, no significa aplicar lo último que aparece en un manual, sino ajustar cada intervención al niño concreto que tienes delante. “El éxito no está en una metodología, sino en la adaptación”, insiste Susana Lominchar.

Por eso las aulas no se organizan por edad, sino por necesidades. Por perfiles de aprendizaje, habilidades sociales y apoyos requeridos. A veces conviven niños con dos o tres años de diferencia y nadie lo cuestiona. Cada proyecto se prueba, se evalúa y se mantiene solo si demuestra impacto real. Programas de aprendizaje disruptivos, como Arrowsmith o Handwriting Without Tears, consiguen que los niños neurodivergentes que acuden al colegio de la Fundación Querer aprendan a leer, a escribir, a sumar, a multiplicar…Además, el centro desarrolla investigaciones propias y presenta resultados en sus Jornadas Educativas y Neurocientíficas. “No seguimos modas”, insiste Susana Lominchar. “Probamos, medimos y decidimos si algo aporta valor. Aquí todo tiene que servir al niño, no al discurso”. Y concluye: “La inclusión empieza por dar a cada niño lo que necesita. Algunos alumnos podrán volver a la educación ordinaria, otros no. Y eso no es un fracaso. Lo importante es que todos avancen”.

 

 

 

 

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